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Pensamientos de ida y vuelta

ADIVINA QUE ME HA PASADO HOY

La salida de colegio siempre fue el momento especial de Jacobo porque su abuelo le iba a buscar todos los días para llevarle a merendar al parque. Todas las tardes era lo mismo, Miguel se colocaba bajo las ramas de un enorme árbol que había a la puerta del colegio y el niño salía corriendo como un cohete para tirarse literalmente sobre sus fuertes brazos mientras le gritaba: -¡¡Abuelo, adivina que me ha pasado hoy!!-

Y entonces el niño empezaba a hablar y a hablar, y le contaba, y le decía todas las cosas que había hecho en el día mientras el abuelo le escuchaba entusiasmado. Era su momento, ese momento especial en el que el niño abre de par en par su corazón a sus personas especiales. Miguel se sentía importante, partícipe de los secretos que aquel pequeñajo le gritaba con tanto entusiasmo e ilusión. Ver brillar sus ojos mientras le narraba sus aventuras escolares le llenaba de felicidad.

Pero, como ocurre siempre en la vida, pasaron los años y Jacobo creció y empezó a salir con sus amigos y la relación entre ambos se fue enfriando. El adolescente, apenas veía a su abuelo en la puerta, le saludaba fríamente de lejos con la mano y se iba caminando con sus compañeros calle abajo mientras Miguel lo miraba con ternura. Le costaba entender que su nieto había crecido y que tenía que dejarle su espacio. Decidió hablar con el.

Pasaron los días y el hombre no se atrevía a dar el paso. La soledad es una enfermedad que ciega la razón cuando uno encuentra un motivo por el cual levantarse cada mañana. Su presencia incomodaba cada vez más al muchacho y un día, apenas sin mirarle a la cara, le dijo que no volviera mas, que le avergonzaba delante de su pandilla. El anciano no abrió la boca, se limitó a asentir con la cabeza y se fue. Y efectivamente, no le vio mas.

Una fría tarde de otoño Miguel no acudió a su cita, en su lugar Jacobo encontró bajo el árbol a su madre. El chico extrañado se acercó a ella y vio que tenía los ojos enrojecidos. Le preguntó que le pasaba y ella le comunicó el fallecimiento de su abuelo Miguel.

El chico se quedó helado, no supo que decir. La madre al percatarse de su angustia le acarició la cara con las manos y le dijo que su abuelo lo quiso siempre con locura, que cada día venía hasta aquí y que, escondido, disfrutaba viéndole salir con sus amigos.

Pasó mucho tiempo de aquello y Jacobo se casó y tuvo una hermosa niña a la que llamó Carmen. En su primer día de colegio el padre fue a buscarla a la salida y lo hizo, sin pretenderlo, bajo las ramas del árbol donde solía esperarle su abuelo. La niña en cuanto vio a su padre, echó a correr como un cohete y se tiró literalmente a los fuertes brazos de su padre mientras le gritaba: -¡¡Papá, adivina que me ha pasado hoy!!-

Y entonces la niña, mientras caminaban calle abajo, empezó a hablar y hablar y le contó y le dijo todas las cosas que había hecho en el día y el padre la escuchaba entusiasmado y entonces… recordó, se giró y vio el árbol, sonrió con nostalgia y apretó con fuerza la manita de su hija.

Categorías:Relatos cortos

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